Poco dado a expresar sus emociones, las pocas veces que mi padre mostró su entusiasmo fue por algo que había visto en el cine, o que había leído. Recuerdo la ilusión con la que nos habló de la recién publicada en España La conjura de los necios. O aquella comida familiar en que nos contó de arriba abajo La vida de Brian, que había ido a ver él solo.
«Las varas de ratán son una elección común para infligir dolor, en castigos disciplinarios, legales, tales en culturas con flagelación, una forma de castigo físico aún popular en países como Malasia, Vietnam, Singapur, Brunéi. También es usado para tortura o por placer, como en contextos sexuales de BDSM. (…)»
(De la Wikipedia en castellano)
Billy Wilder sin duda fue un fabuloso cineasta y un genio de la comedia. Ahora bien, ¿quién querría tenerlo como jefe?
La primera vez que vi a William Goldman, me cayó gordo.
No lo vi en persona, claro, sino en una foto que aparecía en un libro de entrevistas con grandes guionistas del cine mundial. En el capítulo dedicado al guionista de Dos hombres y un destino, Marathon Man y tantos otros clásicos de los sesenta y setenta, aparecía una foto de él, con jersey de cuello alto, pelo canoso patricio y pose de escritor con el mentón apoyado en un puño.
Y una mirada a cámara de pura mala hostia. Pensé: ‘ostras, qué tío más borde. Qué creído se lo debe de tener’.
«Yo podría haber sido sacerdote en lugar de profeta», dice Jeanette, la narradora de Oranges Are Not the Only Fruit, escrito porJeanette Winterson. Como los profetas de la antigüedad, Jeanette es repudiada por su comunidad, acusada por su propia madre de estar poseída por demonios, y obligada a huir de su hogar prácticamente con lo puesto.
Para su primera novela, Jeanette Winterson siguió el manido consejo de los talleres de escritura: escribe sobre aquello que conoces.
Edmund Kean (1787-1833) fue el actor shakespeariano más famoso de la primera mitad del siglo XIX en Inglaterra. A pesar de su corta estatura se ganó interpretar los principales papeles del repertorio trágico: Ricardo III, Hamlet, Otelo, Macbeth, el rey Lear… De su interpretación llegó a decir el poeta Samuel Coleridge que era «como leer a Shakespeare a la luz de relámpagos en una tormenta.»
Que a pesar de todo su éxito Kean tenía una espinita clavada lo demuestran las últimas palabras que se le atribuyen en su lecho de muerte: «Morir es fácil. Lo difícil es hacer comedia.»1
Bien, Kean (supuestamente) lo dejó claro: en la vida real, morir es fácil. Muchísima gente lo hace cada día sin esfuerzo, casi sin darse cuenta, si por ejemplo cruzas sin mirar y te lleva por delante un autobús.
Siempre me han llamado la atención los escritores que se especializan en historias de hombres. No es ya que fracasen a la hora de crear personajes femeninos creíbles, es que alardean de no intentarlo siquiera. Sus narraciones dibujan un mundo en el que las mujeres no hacen ni dicen nada que no esté subordinado a las peripecias de los protagonistas masculinos.
Son como actrices de teatro antiguo que esperan entre bambalinas que les toque salir y recitar sus cuatro líneas de diálogo previamente memorizadas. Y que no se les ocurra improvisar una sola palabra o acción, mon dieu.
Aquí estamos, en 2018. La flamante ganadora del Oscar Frances McDormand ha propuesto a sus colegas utilizar su influencia para lograr que la industria del cine abrace políticas de diversidad en la producción de películas por medio del «inclusion rider». Esto implicaría que para conseguir los servicios profesionales de las grandes estrellas, los estudios deberían cuidar que los equipos artístico y técnico estén repartidos de forma más paritaria entre hombres y mujeres, y entre personas blancas, negras, asiáticas, latinas… 1
En todas partes surgen iniciativas para promover el acceso de mujeres a puestos de responsabilidad, como la dirección, la dirección de fotografía, los showrunners en la televisión, etc. El contar historias que den voz a personajes femeninos es cada vez más valorado, así como criticar aquellas actitudes y comportamientos que perpetúan el patriarcado en la ficción.
En uno de los primeros cuentos que escribí en mi vida, sin duda un plagio descarado de las historias de Conan el Bárbaro, quería mostrar que el protagonista se sentía vacío viviendo en un ambiente de lujo. Para llegar a esta confesión no se me ocurrió nada mejor que hacer entrar a otro personaje y que le preguntara:
—¿Cómo te sientes?
A lo que mi protagonista respondía inmediatamente:
—Vacío. Este ambiente de lujo no es para mí.
Ole. 14 añitos y ya estaba hecho un puto Hemingway.